Prensa y difusión

#AsuntosEpistolares 26

Envía: María del Pedro

Carta de George Sand
Venecia, 15 de abril de 1834

[…] No creas, no creas, Alfred, que pueda ser feliz con la idea de haber perdido tu corazón. Que haya sido tu amante, o tu madre, poco importa; que te haya inspirado amor o amistad, que haya sido dichosa o desgraciada contigo, todo eso no cambia en nada mi actual estado de ánimo. Sé que te amo, y eso es todo…

[…] ¡Ay, no! No fue culpa nuestra; seguimos nuestro destino, y nuestros caracteres, más ásperos, más violentos que los caracteres de las demás personas, nos impidieron aceptar la vida de los amantes comunes. Pero hemos nacido para conocernos y para amarnos, no te quepa duda. Sin tu juventud y tus lágrimas, que me hicieron ceder una mañana, habríamos continuado siendo hermanos.

Sabíamos que no era conveniente, nos pronosticamos los males que nos ocurrirían. Y bien, ¿qué importa, después de todo? Pasamos por un ingrato sendero, pero al fin alcanzamos esa altura en donde debíamos descansar juntos. Hemos sido amantes, nos hemos conocido hasta el fondo del alma, tanto mejor. ¡Oh, peor para nosotros si nos hubiéramos separado en un día de rabia, sin comprendernos, sin explicarnos! En ese caso, un pensamiento odioso habría envenenado nuestra vida entera y no habríamos creído nunca en nada; pero ¿hubiéramos podido separarnos así? ¿No lo habíamos intentado en vano muchas veces? Nuestros corazones, encendidos de orgullo y de resentimiento, ¿no se quebraban, acaso, de dolor y de remordimiento cada vez que nos encontrábamos solos? No, eso no podía ser. Debíamos, al renunciar a un vínculo que se había tornado imposible, permanecer unidos para la eternidad. Tienes razón, nuestro abrazo era incestuoso, pero no lo sabíamos; inocentemente, y sinceramente, nos echábamos uno contra el pecho del otro. Y bien, de todas esas uniones, ¿conservamos un solo recuerdo que no sea casto y santo? Me has reprochado, en un día de fiebre y de delirio, no haber sabido nunca darte los placeres del amor. Lloré por ello entonces, y ahora estoy satisfecha de que haya algo de verdad en ese reproche, estoy satisfecha de que esos placeres hayan sido más austeros, más velados que los que tú encontrarás en otras partes. Al menos no te acordarás de mi cuando estés en los brazos de otras mujeres. Pero cuando estés solo, cuando necesites rezar y llorar, y pensarás en tu George, en tu verdadero camarada, en tu enfermera, en tu amigo, en algo mejor que todo eso; porque el sentimiento que nos une está formado de tantas cosas, que no puede compararse con ninguno. El mundo no lo comprenderá jamás. Tanto mejor, nos amaremos y nos burlaremos de él. […]

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